Aunque lo intentas con todas tus fuerzas no puedes evitar que tus ojos se
pongan rojos, la garganta se te apriete y que las lágrimas se asomen. Intentas
disimular para que no te vea triste, para que no se sienta culpable de ser el
causante de tus lágrimas, pero no puedes. Sales corriendo de ahí con la excusa
de la comida que se quema, secas tus ojos, te calmas, respirar un poco y
vuelves a mostrarte perfectamente, sin hablar de aquello, haciendo como que nada
paso, aunque el miedo de no tenerle te invade cada vez más. Es muy pronto,
es muy pronto, es muy pronto, suena una y otra vez en tu cabeza como si
esas palabras cambiarán en algo, como si hicieras que el tiempo no siguiera
pasando, como si las enfermedades no existieran, como si fuera eterno, como si
le tuviera por siempre...
Saber que pasara no hace que duela menos, le dije, es que cada día
soy más racional, acepto todo lo que pasa como lo que es, otra escena en este
libro al que le llaman vida, pero NO, no somos un libro, no somos simples
palabras (por mas tristes o felices que estas sean) somos más, y hasta cierto
punto lo odio un poco. Odio sentirme flaquear cuando pienso en no tenerle, odio
que mis emociones me gobiernen cuando necesito que esta mente, de la que tanto
presumo, maneje todo.
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